Recientemente observé un ejercicio académico que utilizaba como referente un volante de un centro de danza. El análisis técnico del material era preocupante: carecía de una estructura de información clara, las imágenes presentaban recortes deficientes y la composición era caótica. La preocupación real no radica en el nivel del estudiante, sino en el criterio del docente que propone un estándar técnico tan bajo como meta profesional.
Este escenario es el síntoma de una enfermedad mayor: el “Fast Design”. Es la respuesta de un mercado que prioriza la inmediatez sobre la eficacia. Un sistema donde el jefe o el cliente imponen decisiones basadas en estímulos visuales arbitrarios —como un color “encendido”— por encima de la comunicación funcional.
Bajo esta presión, el diseñador gráfico ha mutado. Para preservar la estabilidad laboral y evitar el desgaste emocional, muchos profesionales han optado por el silencio técnico. Se limitan a ejecutar órdenes rápidas, convirtiéndose en despachadores de productos visuales desechables.
Aquella broma recurrente que situaba al diseñador trabajando en cadenas de comida rápida se ha materializado de una forma irónica. No estamos operando freidoras, pero estamos produciendo soluciones de diseño con la misma metodología de una línea de ensamblaje: rápidas, insípidas y carentes de propósito. En un entorno donde la Inteligencia Artificial permite que cualquier usuario genere imágenes, nuestra única defensa es el criterio. Si lo abandonamos para convertirnos en una máquina de hacer trabajos en serie, habremos perdido la esencia de la profesión.
